Rafael miró las nubes grises que tapizaban el cielo, pensando que el tiempo armonizaba con su alma. Cuando llegó al Aeropuerto Internacional de Miami. Le pareció que los viajeros deambulaban, como sonámbulos sin rumbo. Muchos vuelos estaban suspendidos por las condiciones del tiempo. Caminó hasta el mostrador y preguntó por su vuelo; la empleada chequeó su pasaje y miró a Vargas con deteniendo.
- -Va a demorar una hora señor. Ese grupo también se dirige a la República Dominicana.
Esperó pacientemente sin deseos de conversar con nadie.
Estaba meditando sobre Cuba, cuando vio venir a su hernano. Vestía una camisa de mangas cortas y matizadas con flores de diversos colores, un short, tenis blancos; en la mano, un pequeño maletín y una guitarra.
- Mi hermano. Me quedé dormido. Menos mal que vino un taxi rápido. ¿Porque estas tan serio? ¿Por qué me miras así?
- Pero , Nosotros vamos a una gestión seria ¿Tu te crees que vamos de vacaciones a la playa ? Dijo Vargas con el ceño fruncido.
- ¿Por qué no vamos a ir a las playas? Esta guitarra me acompaña a todas partes.
- Sí está bien. Disculpa. Yo siempre estoy así de serio y más con la muerte del viejo.
- Vamos a las dos cosas a nuestro asunto y a pasarla lo mejor posible. De eso se trata la vida.
- Está bien. Dijo Vargas sonriendo ante la ocurrencia de su hermano . Siéntate que tenemos que esperar que el vuelo está atrasado.
Carlos no paró de hablar durante la hora que esperaron, mientras Vargas lo miraba sin escuchar, preguntándose quien era este hombre que ahora tenía como hermano.
Llamaron a los pasajeros y la inmensa nave se elevó dejando atrás la ciudad. Durante el vuelo Vargas se puso a leer unos documentos, luego cerró los ojos; Decenas de imágenes empezaron a surgir. Representaciones pictóricas que lo transportaban a otros lugares que no había visitado, algunas tan vívidas que permanecían en su mente cuando despertó. La voz de una hermosa azafata lo sacudió, para decirle que estaban volando sobre Santo Domingo. Carlos cantó durante el viaje sin dejar de hablar con una joven que estaba en el asiento paralelo al suyo.
Los pasajeros descendieron y después de esperar casi una hora, otra nave los trasladó a la más grande isla del Caribe. Vargas siempre había sentido temor a los vuelos en avión, pero no abrigaba la misma aprehensión de siempre, por lo contrario, las nubes formando grotescas figuras que parecían gigantes, mejoraron su humor.
La azafata anunció a los pasajeros que debían ajustarse los cinturones. La nave aterrizó sin dificultad en el aeropuerto de Rancho Boyeros en La Habana. Varios pasajeros aplaudieron. Una señora cantaba el himno nacional de Cuba con voz emocionada y otros pasajeros se unieron al coro.
Apenas bajaron del avión. El aire caliente y húmedo de la isla golpeó la piel de los viajeros, que entraron en una parte del aeropuerto donde se realiza el chequeo de inmigración.
El oficial miró a Vargas, observó el pasaporte y le preguntó el motivo de su viaje. Vargas le explicó que estaba visitando unos primos y cumpliendo con un deseo de su padre, pero la explicación no pareció convencer al oficial que le preguntó quién lo esperaba. Todos los pasajeros fueron pasando y Vargas quedó retenido. Empezaron a interrogarlo en un cuarto separado del resto. Vargas empezó a sentir miedo. El interrogatorio se hacia mas intenso y personal.
- ¿A que usted viene a Cuba? Preguntó un oficial joven.
- Vine a visitar unos familiares y a ver a una amiga que me está esperando.
- ¿Tiene idea de filmar o editará algún material?
- No.
- ¿Usted es periodista?
- Si, pero no vengo a hacer ningún trabajo periodístico.
- ¿Cómo conoció a la joven que lo espera?
- La conocí por la Internet.
- ¿Trae su certificación de nacimiento y los papeles de matrimonios? Preguntó insistente el oficial.
- No, solo vine a conocerla. Le repitió Vargas, que ya empezaba a cansarse del absurdo interrogatorio.
Finalmente la explicación de Vargas les convenció y le dieron la entrada al país.
- Cuando Vargas entró vio que Carlos estaba sentado esperándolos.
- ¿Que le dijiste a los oficiales que pudiste entrar tan rápido?. Preguntó Vargas.
- Yo le dije que venia por mi religión.
- ¿Y se lo creyeron?
- Claro. Yo quiero ver a un santero de esos de los de aquí de Cuba, para que me quiten toda la brujería que me han metido allá. Quiero aprovechar para echarme un despoje.
Vargas movió la cabeza hacia los lados y sonrió.
- ¡Vamos. Tenemos que cambiar el dinero!.
Se dirigieron hasta la sala, donde cambiaron 2000 dólares por la nueva moneda convertible cubana.
- Dame algo más, que tienes una miseria conmigo. Le dijo Carlos a Vargas.
Vargas le entregó parte del dinero a su hermano.
- Te voy a dar. Cuídalo y cuida tus papeles, que yo no voy a estar detrás de ti. Estas bastante grandecito. Si lo decides, puedes regresar por tu lado.
- Claro. A lo mejor viro antes que tu. No estoy pegado contigo. Dijo. Moviendo su labio superior en forma de mueca.
Varios días antes, Vargas había llamado a Susel. Le dijo con exactitud la hora y el día que llegaría. Le pidió que lo esperara en el aeropuerto.
Cuando Vargas salió del aeropuerto, la reconoció. Estaba vestida con discreción, pero elegante. Un ajustado pulóver resaltaba su figura.
- Eres mucho más linda que en las fotos. Comentó
- Un abracito para mí. Dijo Carlos.
- Este es mi hermano.
- Mucho gusto. Dijo dándole un beso en la mejilla y sonriendo.
Montaron en un automóvil Lada de unos amigos de Susel, que los estaba esperando. Después de contarle su incidente en el aeropuerto, sus primeras palabras fueron para ella.
- Me alegro que me esperaras. Estoy impresionado.
- ¿Por qué? ¿Por el susto que te dieron? Preguntó Susel.
- No, por lo hermosa que eres. Dijo sonriendo.
- -Gracias, no digas más eso, me haces, sonrojarme.
- La verdad que tú estas linda niña. Dijo Carlos.
El aire batía su rostro, su perfil perfecto le hacía pensar a Vargas, en lo atractiva que era la joven.
- ¿Cuáles son los planes? Preguntó Susel.
- Pensamos estar unos días en La Habana ¿Dónde crees que podamos quedarnos?
- Mira, pueden ir a un hotel, o puedes ir a una casa particular. Los hoteles salen más caros.
- ¿Cómo es el asunto de las casas?
- Hay gente que alquila legal y otras son ilegales, pero más baratas. Si quieres puedo conseguirles una casa de unos amigos y seguramente te agradará, son buenas personas. Cobran 30 dólares diarios. Bueno no dólares. Tienes que pagar con chavitos, o sea, tienes que cambiar los dólares en moneda convertible cubana. ¿Cambiaste algo en el aeropuerto?
- Si cambié 2000 dólares.
- ¿Cuánto te dieron? Preguntó Susel.
- Creo que me dieron 1600 en moneda convertible,
Susel sonrió.
- Yo te hubiera podido resolver que te dieran más cantidad.
- Y a mí me dio nada más que 600 chivitos, o chavitos. Como dicen ustedes. Dijo Carlos.
- Oye deja de quejarte. Hubieras traído tu dinero. Dijo sonriendo Vargas.
Llegaron. La casa estaba situada cerca de hermosos hoteles. No muy lejos estaba El Comodoro, El Tritón.
Los dueños de la casa le mostraron dos cuartos que habían arreglado para alquilar a extranjeros. Las habitaciones tenían aire acondicionado y el baño tenía agua caliente. La habitación de Vargas estaba amueblada con un cómodo colchón en una cama camera, una cómoda, además de un antiguo armario.
- Me tocó el colchón con una bola en el medio.
- Cállate Carlos, que te va a oír la señora que nos alquiló.
- Pero si eso es lo que quiero.
- Bienvenida, esta es su casa. Mi nombre es Martha y mi esposo es Alfredo. Susel me ha hablado de ustedes.
- ¿Y eso nos perjudica o nos beneficia?
- Creo que los beneficia. Expresó Marta sonriendo.
- Disculpen a mi hermano. El siempre esta haciendo chistes. Susel también me ha hablado de ustedes. Me ha dicho que son personas muy decentes. Dijo Vargas.
- ¿Piensan quedarse muchos días? Preguntó Martha.
- Todavía no sabemos.
- Depende de cómo nos traten. Dijo Carlos.
- ¿Que lugares nos aconsejas que visitemos? Preguntó Vargas.
- Hay muchos lugares que te resultaran interesantes. Yo trabajo en el Barrio Chino. Allí podrás encontrar restaurantes buenos y baratos.
- El Barrio Chino. ¿Son chinitos todos? Preguntó Cristino.
- Si, pero también hay muchos cubanos.
- Ah ya me extrañaba. Hay un dicho que dice: “ Aquí no se salva ni el medico chino”
- No Carlos. Rectifico Vargas. El dicho dice: “No lo salva ni el medico chino.”
Vargas se sentó y durante unos minutos conversaron de los lugares más interesantes y atractivos de La Habana para el turista.
- ¿Por qué no comen algo? Preguntó Martha amablemente. Yo los voy a invitar. No les cobraré nada.
- Buenísima idea.
- Eso si los beneficia. Dijo Martha riendo.
Mientras comían, Alfredo les explicó que cobraría cinco dólares por el desayuno, ocho dólares por el almuerzo. Vargas comentó que le parecía razonable.
- A la verdad que me parece caro. Una completa vale cuatro dólares.
- Discúlpenlo. El siempre dice lo que piensa, o mejor dicho no piensa cuando habla. Aclaró Vargas.
Martha no dijo nada. Preparó un potaje y chuletas con arroz blanco, ensalada y jugo de naranja. Todos se sentaron en la pequeña mesa y disfrutaron del menú. La comida resultó una sorpresa para Vargas.
- Aquí puedes encontrar casi todo. Aunque después de los ciclones escasean muchas cosas, pero tienes que pagarlo en dólares.
- Entonces lo que hay que conseguir son los dólares.
- Si es verdad, pero eso es cada día más difícil.
Susel se despidió.
- Mañana te llamo. Dijo Susel y salió con aire de tristeza.
Vargas se acostó un rato.
Carlos salió y encontró hasta un lugar donde vendían pizzas, helados y maltas donde comió por segunda vez, luego volvió a la casa, y se sentó a conversar con Alfredo.
- Te voy a enseñar algo que los va a sorprender. Dijo Alfredo. Entraron en su habitación. Efectivamente, Carlos quedó boquiabierto cuando Alfredo empezó a cambiar canales y pudo apreciar que la televisión estaba conectada con los servicio de satélite.
- Tú tienes más canales que yo allá. ¿Tú puedes ver los canales de Miami? A mi me cortaron el cable por no pagar.
- Yo veo los programas que ustedes ven.
Carlos se sentó a ver televisión con Alfredo.
Vargas se acostó, pero tardó en dormir. Eran demasiados los acontecimientos. Su mente giraba alrededor de lo que había pasado. También pensaba en Susel. Al fin se durmió, vencido por el cansancio. Despertó sudando. El aire acondicionado había perdido su magia. Miró el reloj. Eran casi las 9 de la mañana. Estaba organizando su ropa cuando sintió que tocaban la puerta. Abrió y encontró a Susel.
- No te esperaba. Dijo Vargas.
- ¿No te agrada que te visite tan temprano? Preguntó Susel sonriendo.
- Claro que me agrada. Incluso estaba pensando que no sabía a donde iría y me hacía falta un guía turístico.
- ¿Sólo un guía? Si quieres te podría mandar a un primo.
- No gracias. Prefiero que seas tú. Es decir. No quiero otro guía que no seas tú.
- Ahora está mejor. Dijo Susel. ¿Dormiste bien?
- No. Fueron demasiados acontecimientos en un día.
- Te propongo un paseo al Acuario.
- Me agrada la idea. ¿Qué encontraremos allí? Preguntó Vargas.
- Ni siquiera yo se, pero te aseguro que te gustará.
- Me preocupa mi hermano.
- No te preocupes. El no es un niño, además aquí no hay peligro.
- Claro.
Susel lo ayudó a ordenar la ropa en el armario.
Cuando salieron no había nadie en la casa. Un papel que decía “Señor Vargas le dejo la llave. Que tenga un buen día.”
Tomaron la llave y salieron. Caminaron varias cuadras y encontraron una pequeña cafetería.
- ¿Qué quieres comer? Preguntó Vargas.
- Ya desayuné. Dijo Susel.
- Yo no voy a desayunar solo. Puntualizó.
- Está bien. Te acompañaré.
- ¿Qué me aconsejas que pida? ¿Qué quieres para ti? Preguntó Vargas.
- Pide para mí, un bocadito de jamón y un helado de chocolate. Respondió Susel con decisión.
Vargas pidió lo mismo. Después siguieron caminando hasta el acuario. La lluvia los hizo entrar precipitadamente. Escasas personas caminaban. Detrás de los cristales sé apreciaban peces y crustáceos tropicales que se deslizaban apaciblemente. Una niña de facciones agradables, vestida con un uniforme de escuela, periódicamente se acercaba a ellos.
A ambos les dio gracia la forma amistosa de la pequeña. Vargas se dirigió a ella:
- ¿Tú vienes mucho aquí?
- Sí.
- ¿Quieres entonces ser nuestro guía? Preguntó Vargas sonriendo
- La niña movió la cabeza afirmativamente y les enseñó el acuario desplegando todos sus conocimientos.
Vargas observó con agrado como Susel trataba con amabilidad a la pequeña. Poco después anunciaron que pondrían un show de delfines y se dirigieron al lugar. Las entrenadoras, jóvenes muchachas dominaban su trabajo y mostraban a los visitantes los delfines que obedecían sus precisas órdenes. De allí pasaron a la exhibición de las focas y los leones marinos. Uno de los entrenadores dijo que la foca había perdido a su novio y llamó a Vargas, que entró a formar parte del espectáculo. La foca simuló que le daba un beso. El entrenador le dijo al oído “Saca la lengua y la guardas cuando te dé el beso” Hicieron el truco y el público rió a carcajadas y aplaudió. Fue un hermoso día para ambos.
Cuando volvieron a la casa, todavía no habían regresado del trabajo Martha, ni su esposo. Susel se sentó en la cama, después recostó su cabeza en una almohada, quedaron a escasas pulgadas. Vargas acercó su rostro al de Susel. Ella se inclinó hacia él y lo besó. Vargas continuó besando el cuello, mientras su respiración se hacía más agitada. Espontáneamente se fueron despojando de sus ropas unieron sus cuerpos temblando de placer. Quedaron en silencio.
- ¿Estás interesado en mí, o soy sólo un minuto de placer para ti?
Vargas no respondió simplemente sonrió mientras que le tomaba la mano.
- ¿Te gusto? Insistió Susel.
- Claro que me gustas. Dijo Vargas.
- Yo estoy enamorada de ti. Dijo Susel.
- Apenas me conoces. Creo que estas llena de vida, no de amor.
- Y crees que me hubiera acostado contigo si en mi matrimonio todo estuviera normal. Sentí algo por ti desde que nos empezamos a escribir que eras el hombre que siempre había esperado. Dijo la joven.
- Yo no sabia que tu matrimonio estaba tan mal.
- Si, es cierto que no te conté los problemas que tenemos. En realidad mi esposo tiene su vida y yo la mía.
- ¿Qué pasó entre ustedes?
- Nos fuimos alejando. Jorge empezó a tomar. Nunca nos llevamos bien. Cuando pasó el romance. Nos empezamos a sentir vacíos. Él tenía sus gustos y yo los míos. Yo me quedé sola en una inmensa mansión llena de figuras de los antiguos dueños. Sin sueños, sin amor y sin ilusiones. Después, él empezó a salir con una muchacha, pero ninguno de los dos hemos querido enfrentar la realidad. Quizás hemos sido cobardes. ¿Tú qué crees?
- No sé. Es difícil ponerse en el lugar de nadie. No te juzgo. Te comprendo. Sin embargo no has pensado que vivimos en dos mundos diferentes, separados no solo por el mar, sino por un océano más inmenso.
- Quiero que pienses en nosotros. Me tengo que marchar, pero quisiera estar contigo siempre. Me prometes que pensarás en nosotros. Dijo Susel.
- Si te lo prometo. Contestó Vargas.
Vargas fue hasta la habitación de Cristino. y encontró un papel que decía:
Me fui al barrio Chino
Carlos
Susel se marchó y Vargas se quedó pensando en la muchacha. Se durmió con impaciencia esperando la llegada del próximo día. Era el mágico día que tendría el encuentro con un miembro de la organización. Tarde en la noche sintió a su hermano cantando. Volvió a dormirse hasta que lo despertó el calor.
Amaneció optimista. Se metió en la ducha, movió la llave y dejó que el agua fría corriera por su cuerpo. Su cuerpo reaccionó con desagrado, pero segundos después el líquido pasaba por su cuerpo de forma agradable, desprendiendo toda traza de sueño. Se dirigió a la habitación de Cristino. En el momento que ibas a despertarlo, pensó que este se había acostado muy tarde y decidió salir solo.
Fue hasta la cocina donde estaba una señora que trabajaba ayudando a Martha. Era una de esas personas que piden permiso hasta para entregar una onza de oro. Con esa timidez amable y dulce que parecen duendecillos y caminan sin hacer ruido para no molestar a los demás. Ella le preguntó si quería tomar jugo de piña o jugo de mango. Vargas se decidió por el primero, mas tarde salió y disfrutó del sol de la mañana, que se fue convirtiendo en suplicio a medida que subía la temperatura. Caminó hasta una calzada donde pasaban espaciados carros y esperó. Alfredo le había explicado la técnica de conseguir un carro barato. Era simple. los taxis del estado eran los más caros. Siguiendo sus consejos esperó a que pasara un carro particular. A los diez minutos apareció un Chevrolet del año 56. Paró trabajosamente. Vargas dijo:
- ¿Veinte pesos hasta El Vedado?”. El chofer movió la cabeza afirmativamente. Se montó en la parte de atrás donde ya había dos personas. Vargas contemplo el carro y se maravillo que todavía caminara, después trato de mirar a su alrededor. Le resultaba difícil recordar los lugares que visitó cuando niño.
Cuando llegó hasta el Focsa eran casi las nueve, su corazón latía apresuradamente. Esperó. Pasaron quince minutos, después veinte. Pasó más de una hora. Perdió la noción del tiempo y también las esperanzas de que el encuentro fuera exitoso. Su camisa estaba llena de sudor. Cruzó la acera hasta el restaurante denominado El Conejito. Estaba mirando a la derecha, para marcharse cuando sentía a su espalda la presencia de alguien. Viró su cabeza y dirigió su mirada a la muñeca del desconocido, donde apreció una manilla con la letra L. Subió su mirada y unos ojos que se clavaron en los de Vargas. Sus ojos se dulcificaron con una sonrisa que iluminó su rostro. Era un semblante indescifrable, una de esas personas que parecen iluminarse cuando sonríen. A pesar de sus canas, su mirada era joven. Estaba pulcramente vestido.
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